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(El Embajador cristiano,
a la vista del castillo, exclama):
Mon cor pels sofriments tan combatut,
torturat de tristesa i desengany;
l'angoixa i el dolor del bé perdut
mostrar em fan als ulls el més trist plany.
La desgràcia ferix el meu afany
i em causa horror el vore'm caïgut,
i és tan forta la veu del meu lament,
que de dol s'encapota tot el vent.
A la vora del Serpis, riu tranquil
que Alcoi, ma patria, generosament banya,
i amb la seua corrent bella i gentil
que matissa de verd vall i muntanya,
pensatiu l'alcoià plora febril
del funest desconsol sa pena estranya,
i mil llàgrimes tristes ha vessat
en vore's del seu poble desterrat.
L'angúnía amb que hui plora l'alcoià
en contemplar sa pàtria, dolça amada,
en poder del cruel mahometa;
la mítja lluna ufana i exaltada,
posseint els seus bens tan inhumà;
la llei de Jesucrlst aruïnada,
victoriós l'Alcorà i la secta mora,
és dolor que fasfíxia í el devora,
¿Permitíreu, oh Déu i Sobirà;
quede Senyor d' Alcoi el moro altiu,
derrotat vostre fill que és bon cristià
í de l'ara el mínístre fugitiu?
No així, ¡oh gran Déu!, estel de l'alcoíà,
Pare clement, pietós i compassiu;
feu que cobren de nou els seus fogars
i tome el culte a Crist en els altars.
Vostre temple Senyor, s'ha profanat
amb la falsa creença de Mahoma:
el moro sacrílegis forjat
í la creu al seu pas trista es desploma.
No puc vore ja tanta malvestat
on l'himne ressonava i, ple d'aroma,
perfumava les ares de Maria
i les vostres, gran Déu, amb alegria.
¡No permitiu, Senyor, que més s'allargue
esta opressió del moro sense llei,
i que la força als alcoíans embargue
de mals que no tendríen ja remei!
¡No permitiu, Senyor que ara ens amargue
el tedi i l'abandó en este servei!
Feu-nos vèncer la musulmana escòria
i assolirem el llor de la victòria.
Vostre poder diví, incommensurable,
que al Mar Roig a milers enfonsà un dia,
aquell quin poderiu incontrastable
pot fer pols l'atrevida gosadia.
¡Vine en nostra defensa,oh Déu amable!
¡Nostra ferma esperança en Vós confia!
¡Sigau escut i espasa en esta guerra,
la mitja lluna enderroqueu per terra!
¡Protegiu-nos, sagrada Verge Pura!
Doneu alé a ma gent intimidada,
perquè va sa constancia poc segura
amb les despulles de sa pàtria amada.
Ha aumentat de les penes l'amargura
a on la voluntat, desanimada,
força al greu fastic, fa por pels rigors,
temença al dany i odi a les clamors.
!Envieu-nos, Senyor, a Jordi amat,
nostre insigne Patró, flama sagrada,
i que ens done en la lluita el bon costat¡
Quede a les seues plantes espoliada
la mitja lluna, quede arrulnat
el perfid Alcorà, secta malvada,
i veja's ralcoia lliure i en pau
de l'enemic que vol tornar-lo esclau.
(Acercándose al Castillo, continúa):
! Ah del Castillo ¡ ! Ah del fuerte !
CENTINELA.- ¿Quién vive?
EMBAJADOR CRISTIANO.- Valencia, mi patria.
CENTINELA.- ¿Y qué pretendes, cristiano?
EMBAJADOR CRISTIANO.-Vengo a dar una embajada
al jefe de ese Castillo;
avísale, di que salga.
CENTINELA.-¿Aún insistís, infelices,
con importunas demandas?
¿Aún no estáis desengañados?
¿Aún queréis pruebas más claras,
testimonios más patentes
del poder de nuestras armas?
Confesaos inferiores,
humillad vuestra arrogancia,
deponed vuestra soberbia,
cese ya vuestra jactancia ;
buscad otro domicilio,
que en Alcoy ya no hay entrada,
pues necios la despreciasteis
cuando con paz se os brindaba.
Vuestra inútil resistencia
ha sido el fomes y causa
de que ahora sólo halláis
en Alcoy puertas cerradas.
EMBAJADOR CRISTIANO.-No es tu misión, centinela,
más que el pasar la palabra;
cumple con tu obligación
para atender mi embajada ;
mi demanda observa bien,
porque si no, a voces altas
yo mismo le llamaré.
¿Qué respondes, di? ¿Qué aguardas?
(Salen el Capitán, Alférez, Embajador Moro y séquito.)
CAPITÁN MORO.-No te impacientes, cristiano,
y mira que la desgracia
va en pos de todos vosotros.
No es tiempo ya de esa insana,
infatuada altivez;
sí de venerar las altas,
vencedoras Medias Lunas
y banderas musulmanas.´
EMBAJADOR CRISTIANO.-Es verdad, pero al vencido
nunca, señor, se le trata
ni menos se le recibe
con tal desprecio. Mi patria
trata a los embajadores
como a personas sagradas
y como a tales les mira.
No un centinela el monarca
es quien les recibe afable,
les venera y agasaja.
A más de esto, mi impaciencia
procedía y dimanaba
del deseo que tenía
de ponerme a vuestras plantas
y cumplir mi comisión.
CAPITÁN MORO.- Dila, pues, pronto.
EMBAJADOR CRISTIANO.- Escuchadla.
Alcaide insigne, grande y valeroso,
cuyas proezas y heroicas hazañas
preconiza y publica por el orbe
el sonoro clarín de inmortal fama.
Oye atento, señor, para bien vuestro,
mi comisión, mi encargo, mi embajada.
Digresiones e hipérboles fingidas,
adulaciones y lisonjas vanas
excusaré en un todo, pues empleo,
cual buen aragonés, pocas palabras.
Mas si acaso lo vivo de mi genio,
agregado al dolor que me acompaña,
me hiciere prorrumpir en expresiones
desatentas y poco moderadas,
desde ahora, para entonces, os suplico,
que procuréis, señor, disimularlas.
Esta villa que estáis ahora ocupando
es mi madre, señor, pues es mi patria;
y al mirarla en poder de ajenos dueños,
de tristeza y dolor se oprime mi alma.
De mis padres y abuelos es sepulcro,
pues sus huesos en paz aquí descansan;
esta memoria triste roe devora
con dolor indecible las entrañas.
¿Y juzgaréis poder desentenderme
con criminal olvido de esta causa?
De una parte, el amor que la profeso;
de otra, el derecho a ella, me coartan
a defenderla a costa de mi sangre,
y a costa de mi vida, a rescatarla.
Lo mismo que yo digo dicen todos
mis hermanos y amados camaradas;
ellos desean lo que yo deseo,
que es el ver nuestra patria restaurada,
y todas sus familias restituidas
a sus propios hogares, a sus casas.
Esto, sumiso, os pide el alcodiano,
sólo a esto se reduce mi demanda;
en paz dejadnos; ésta es nuestra tierra,
nuestra cuna feliz, nuestra morada.
Marchad a vuestro suelo originario,
que el derecho de gentes ya declara
que cada cual habite aquella tierra
que del Cielo heredó. Esa infundada
ambición y codicia que os domina
en querer sojuzgar la tierra hispana,
soy de sentir y creo no equivocarme,
que os tienen que costar sobrado caras.
Mis amados patricios, impacientes,
de mi mensaje la respuesta aguardan,
y en caso de no hacer lo que yo os pido,
un terrible escarmiento se os prepara.
¿Visteis acaso un río caudaloso,
cuyas corrientes las detiene y para
un fuerte malecón y, apenas éste
es roto por la fuerza de las aguas,
su curso detenido con violencia
e indecible furor por donde pasa
todo lo arrolla, destruye y aniquila,
y tras sí con rigor todo lo arrastra?
De esta suerte vendrán sobre vosotros
los alcodianos con fiereza tanta,
que seréis de su ira vil trofeo,
mísero estrago de su furia y saña.
Esto os prevengo para que, prudentes,
procuréis precaver vuestra desgracia.
De nuestra parte está el Omnipotente,
Aquél cuyo poder nadie contrasta;
vuestra injusticia la conoce y mira
y es preciso defienda nuestra causa.
El enviará al Walí triunfante,
ya me entendéis, a Jorge, cuya espada
con fuerza irresistible y formidable
cortará, cual segur, moras gargantas.
No os preciéis de invencibles, pues ya visteis
al Walí en Huesca, en la feroz batalla
de Alcoraz; en la toma de Mallorca;
en Valencia, de nuevo hecha cristiana
tras la acción del Puig de Santa María
y en la gloriosa batalla de Alfama,
donde os derrotó en fuga vergonzosa.
¿En qué fundáis, decid, la confianza?
¿Qué será de vosotros con tal Jefe,
si los alcoyanos en unida alianza
esfuerzan su coraje y arremeten
al asalto con leonina rabia?
¿Qué caudillos os quedan sarracenos?
Fenecida ya está la noble casta
de Almanzor, de Yusuf, de Abderramán,
héroes de la furia musulmana.
No blasones con Al-Azraq, Zulema,
Abrahim, Alabés, Reduán y Alba;
os han de ser de muy poco remedio,
pues son mezquinos de poder y alma.
Si los anales de la historia antigua
con reflexión leyerais y estudiarais,
sabríais las victorias conseguidas
en nuestra Reconquista, iluminada
por un poder celeste en el combate
venciendo a toda fuerza mahometana.
En la cueva triunfal de Covadonga
una hueste asturiana muy escasa
os venció, destrozó y os puso en fuga
a pesar de ser pocos en batalla,
pues por cada cristiano en dicha guerra
cien moros por lo menos se contaban.
El poder del gran Dios allí se vio
y quedó por los nuestros la cruzada.
Pelayo en Covadonga y en Asturias,
Alfonso en tierras de León, hollaban
vuestro furor; también Fernán González
os venció en la llanura castellana ;
Sancho el Mayor opuso a vuestro embate
su poder en el suelo de Navarra;
Wifredo y Ramón Berenguer rompieron
vuestro ataque a la tierra catalana,
y en Aragón, Ramiro os venció a todos
juntando con la Cruz su noble espada.
El héroe burgalés, el Cid insigne,
¿cuántas banderas holló mahometanas?
¡ Todos fueron vuestra ruina y azote !
Y, sobre todos, el que Dios depara
en nuestros días para ser, sin duda,
feliz restaurador de un Reino en marcha,
el inmortal, invicto Rey Don Jaime,
feliz aragonés de excelsa fama,
cuyos triunfos igualan por entero
el número que ha dado de batallas.
Treinta y nueve hasta el día son sus triunfos,
el Gran Conquistador todos le llaman ;
temedle, pues, temedle, musulmanes,
que apenas sepa que esta villa se halla
en vuestro poderío, cual saeta
vendrá a este campo a consumar venganza.
¡ Pero qué es lo que digo yo, cobarde !
Antes que sepa nueva tan infausta
vengaremos nosotros el agravio;
que el marcial alcodiano aún se halla
con valor, con esfuerzo y ardimiento
para eclipsar las lunas mahometanas.
Gustoso verterá su noble sangre
por su Dios, por su rey y por su patria.
Resueltos a ello están; esto supuesto,
mirad qué respondéis a mi demanda.
Si acaso resolvéis aquí quedaros,
la ruina y la muerte se os prepara;
mas si queréis, pensando con cordura,
volvemos a entregar la villa y plaza,
os saldréis sin lesión; y en fe de ello
desde ahora os empeño mi palabra.
Mirad qué respondéis, pues impacientes
mis compatriotas la respuesta aguardan.
CAPITÁN MORO.-Si no te indemnizare
de embajador el nombre, te aseguro
que puede que llegare
mi cólera y furor a tanto apuro,
que en mis fuertes y membrudos brazos
te hiciere, aragonés, cien mil pedazos.
Responde a la embajada (dirigiéndose a su embajador),
di a esa mísera gente .
que la espero cuanto antes,
pues parécenme siglos los instantes.
EMBAJADOR MORO.- Os hacen muy poca fuerza
vuestra ruina y desgracia.
¡ Aún os mostráis altaneros,
con despreciable arrogancia !
No merecía respuesta
tu embajada temeraria,
mas ve y dile al que te envía
que aquí Al-Azraq aguarda.
Di a Pelayo que resurja,
dile al gran Cid que renazca,
invoca a Fernán González
y a los demás que decantas,
que se unan a ese rey
aragonés de alta fama.
Vengan con todas sus huestes
y sus victoriosas armas,
que de escabel servirán
a las invencibles plantas
del gran Mahomat que es terror
de vuestra vencida patria.
Si Don Jaime sus victorias
numera por sus batallas,
según ufano nos dices,
puede que sea llegada
la hora en que ha de empezar
sólo a enumerar desgracias.
Van a fenecer sus dichas
y una terrible mudanza
conocerá cuanto antes,
que ese orgullo, esa arrogancia,
esa insufrible altivez,
esa molesta y pesada
vanagloria, Al-Azraq
es el que tiene que ajarla.
Si nosotros le buscamos,
¡ tú con él nos amenazas !
Nuestro gran gusto sería
que ahora mismo se avistara
por la cumbre de esos montes
y a estos valles bajara
a vindicar, como dices,
vuestra vejación e infamia,
para que vieses, cristiano,
su altivez pronto humillada.
No arguyas sobre el derecho
de posesión de tu patria;
es quimérica disputa
e invención sólo soñada.
Si vosotros despreciasteis
las ofertas tan honradas
con que se os brindó, id ahora
a llorar vuestra desgracia
a otro sitio, que en Alcoy
no hay cabida, no hay entrada.
Si con armas pretendéis
desalojarnos, ¡ qué infaustas
desgracias se os esperan
y sin remedio os aguardan !
Cristiano, piénsalo bien,
di a tu gente que se vaya,
que busque amparo y retiro
en las cuevas o montañas;
que viva en paz algún tiempo
si es que la vida le agrada;
mas si acaso, aborrecido,
la muerte gustoso abraza,
di que venga, que en el sable
mahometano ha de hallarla.
EMBAJADOR CRISTIANO.- Vengaremos nuestra injuria
y si acaso en la campaña
morimos, será con honra,
que el honor es lo que abraza
en toda acción el cristiano,
no ambición desordenada,
como domina a vosotros.
EMBAJADOR MORO.- Modera locas palabras,
refrena tus locos dichos,
que tu libertad se pasa
a ser una desvergüenza
muy punible y temeraria.
EMBAJADOR CRISTIANO.-¿Desvergüenza es la verdad?
De esa suerte, moro, hablas
porque el muro te defiende,
yo vengaré tu arrogancia.
¿De desvergonzado y loco
me vilipendias y tratas?
¿Necios, dices, son mis dichos
porque vindico mi fama?
¡ Hablas con tal libertad
porque el castillo te ampara!
EMBAJADOR MORO.-También en medio del campo,
con la lengua de la espada
hablaré cuando tú gustes.
EMBAJADOR CRISTIANO.-Pronto será.
EMBAJADOR MORO.- ¡ Ea ! Marcha.
y ven luego, que te espero.
EMBAJADOR CRISTIANO.-Vendré a humillar tu arrogancia.
EMBAJADOR MORO.-Vendrás a exaltar mi honor.
EMBAJADOR CRISTIANO.-Vendré a vindicar mi fama.
EMBAJADOR MORO.-Vendrás a ser el tapiz
de las huestes mahometanas.
EMBAJADOR CRISTIANO.-Aborrezco tanto orgullo..
EMBAJADOR MORO.-Me fastidian tus palabras.
EMBAJADOR CRISTIANO.-Callemos y en la ocasión
hablen sólo las espadas.
EMBAJADOR MORO.-Di a los tuyos: ¡guerra, guerra!
EMBAJADOR CRISTIANO.-Di a los tuyos: ¡armas, armas!.
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